RadiografIA

A contraluz se nota todo.

Discurso · RadiografIA 0.1.0

Sin marcadores de opinión ni duda

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Un texto de opinión o académico sin un solo «creo», «quizá» o «me parece»: todo suena igual de seguro.

Qué hacer

Si el texto defiende una postura, di de quién es y con cuánta seguridad: «creo», «me parece», «quizá».

Explicación

Un texto de opinión o académico de 300 palabras de prosa o más sin ningún marcador epistémico: ni «creo», ni «me parece», ni «en mi opinión», ni «quizá», ni «probablemente». Medido en inglés, en ensayos argumentativos: GPT-4 no usó ninguno (0,00 por frase frente a 0,06 de los estudiantes; d = 1,53; Herbold et al. 2023). Solo se evalúa en los géneros opinión y académico, y en textos de 300 palabras de prosa o más. No se exige que coincida con la otra ausencia medida (epistémicos y automenciones): cada una puntúa por su cuenta, y los pesos y la calibración dirán cómo pesan juntas. No demuestra quién escribió el texto.

Excepciones

Datos de la regla

Paquete:
RadiografIA 0.1.0. Reglas que señalan en un texto en español los rasgos de estilo que la investigación asocia a los textos generados con modelos de lenguaje. Cada regla dice de dónde sale y con qué nivel de evidencia. Analiza estilo; no demuestra autoría.
Detector:
patrón
Peso:
2
Severidad:
baja
Nivel de evidencia:
medido en inglés
Origen de la lista:
ampliación 6.4 (02/10/2026, firmada por Antonio). Los lemas, de los marcadores epistémicos de Herbold et al. 2023 (las regex de calc_linguistic_features.ipynb, celda 15, del paquete de replicación): creer (believe), pensar (think, am thinking), suponer (guess, assume), parecer con «me» o «nos» (it seems), decir en «diría que» y «diríamos que» (would say), en mi/nuestra opinión y a mi/nuestro juicio (in my/our opinion); opinar y considerar que, traducción de I think / I believe desde el 5.3. De cada verbo, la primera persona del singular y del plural en presente, pretérito perfecto simple, imperfecto y perfecto compuesto, y de parecer, la tercera persona con «me» o «nos» [PROPIO]. De su lista de modales, que es otra variable del estudio: probablemente (probably) y tal vez (perhaps). Quizá(s) y a lo mejor, de discurso.md § 11 (fila D3)

Cómo busca

Dónde mira:
en cada frase entera
Expresión regular:
(?<!\p{L})(cre(?:o|emos|[ií]|[ií]mos|[ií]a|[ií]amos)|(?:he|hemos) cre[ií]do|pienso|pensamos|pens[eé]|pensaba|pens[aá]bamos|(?:he|hemos) pensado|supongo|suponemos|supuse|supusimos|supon[ií]a|supon[ií]amos|(?:he|hemos) supuesto|opino|opinamos|opiné|opinaba|opin[aá]bamos|(?:he|hemos) opinado|(?:considero|consideramos|consideré|consideraba|consider[aá]bamos|(?:he|hemos) considerado) que|(?:me|nos) (?:parecen?|pareci[oó]|parecieron|parec[ií]an?|(?:ha|han) parecido)|dir[ií]a(?:mos)? que|en (?:mi|nuestra) opini[oó]n|a (?:mi|nuestro) juicio|quiz[aá]s?|tal vez|probablemente|a lo mejor)(?!\p{L})
Banderas:
iu
Cuándo señala:
si no aparece ninguna en el texto entero, y solo con 300 palabras de prosa o más
Géneros:
solo en Opinión (críticas de cine) y Académico

Fuentes

Ejemplos en los que dispara

Esta regla señala lo que falta: en sus ejemplos no hay un tramo que marcar.

La semana laboral de cuatro días se ha convertido en uno de los debates más relevantes del mundo del trabajo. Lo que hace apenas una década parecía una utopía hoy ocupa titulares, programas electorales y reuniones de dirección. Los expertos coinciden en que este modelo podría transformar la relación entre las empresas y sus plantillas. Diversos estudios demuestran que reducir la jornada sin recortar el salario mejora la productividad. Los empleados descansan más, se concentran mejor y faltan menos por enfermedad. Además, las empresas que han probado el modelo aseguran que les resulta más fácil atraer y retener talento en un mercado laboral cada vez más competitivo. El impacto no se limita al ámbito económico. La reducción de la jornada desempeña un papel fundamental en la conciliación entre la vida personal y la profesional. Las familias ganan tiempo para el cuidado de los hijos y de los mayores, y las personas disponen de más horas para formarse, hacer deporte o participar en la vida de su comunidad. Además, menos desplazamientos a la oficina significan menos emisiones y un tráfico más fluido en las grandes ciudades. Sin embargo, la transición plantea desafíos importantes. No todos los sectores pueden reorganizar sus turnos con la misma facilidad: la sanidad, la hostelería o el comercio necesitan cubrir su horario de apertura todos los días. Las pequeñas empresas, por su parte, temen que la medida eleve sus costes. Además, la experiencia acumulada procede sobre todo de programas piloto voluntarios, cuyas conclusiones no siempre pueden trasladarse a toda la economía. A pesar de estos desafíos, la experiencia de Islandia marca un hito en la historia de las relaciones laborales y sienta las bases de un cambio que muchos gobiernos observan con atención. La clave estará en adaptar el modelo a la realidad de cada sector y en medir sus efectos con rigor. En conclusión, la semana de cuatro días representa una oportunidad única para repensar el valor del tiempo. Con planificación, diálogo social y evaluación continua, este modelo puede contribuir a construir un mercado laboral más humano, más productivo y más sostenible.

Cuando cerraron el mercado de abastos de mi barrio, en marzo, nadie organizó una despedida. Los puestos se fueron vaciando uno a uno durante el invierno, y el último día solo quedaba la frutería de Rosa, con media docena de cajas y un cartel escrito a mano. Yo compraba allí desde que me mudé a la calle Olmos, hace once años, y allí aprendí a distinguir una buena merluza. Mis vecinos también. El mercado no era barato ni moderno, pero era nuestro: el sitio donde uno se enteraba de quién había tenido un nieto, de qué obra iban a empezar en la plaza o de que la farmacia cambiaba de horario. El ayuntamiento explica el cierre con cifras. El edificio necesitaba una reforma de dos millones de euros, la mitad de los puestos llevaba años sin inquilino y los que resistían facturaban cada vez menos. Todo eso es verdad, y ninguno de nosotros lo discute. Lo que nos duele es que nadie preguntara al barrio qué quería hacer con ese espacio antes de anunciar que se venderá a una cadena de supermercados. Esta semana nos reunimos una treintena de vecinos en el local de la asociación. Llevamos una propuesta sencilla: que el ayuntamiento ceda la planta baja durante dos años a los comerciantes que quieran volver, con un alquiler bajo, y que al final de ese plazo se estudien las ventas. Si el experimento fracasa, el barrio lo aceptará. Si funciona, habremos salvado algo más que unos puestos de fruta. La asociación ya ha pedido cita con la concejala de Comercio para presentarla. Mi hija, que tiene nueve años, me preguntó el otro día adónde iba a ir ahora Rosa. No supe qué contestarle. Esa pregunta, más que cualquier informe, resume lo que está en juego: un mercado no es solo un negocio, es un lugar de encuentro que tarda décadas en formarse y muy poco en desaparecer.

Ejemplos en los que no dispara

Prohibir el móvil en las aulas parece una decisión sencilla, pero creo que el debate es más complicado de lo que sugieren los titulares. Quizá el problema no sea el aparato, sino el uso que se hace de él y la falta de normas claras en cada centro. Es cierto que el móvil distrae. Un aviso de mensaje basta para romper la concentración de un adolescente durante varios minutos, y los profesores lo saben mejor que nadie. Probablemente por eso tantas comunidades autónomas han optado por restringirlo en primaria y en secundaria. Me parece una reacción comprensible, sobre todo después de años de quejas de familias y docentes. Sin embargo, tal vez convenga distinguir entre prohibir y educar. Un teléfono sirve para buscar un dato, grabar un experimento de ciencias o consultar un diccionario, y los alumnos van a usarlo durante toda su vida adulta. Si la escuela lo expulsa por completo, pierde la ocasión de enseñar a manejarlo con criterio. Supongo que muchos docentes preferirían tener margen para decidir en qué actividades tiene sentido y en cuáles no. También está la cuestión de la desigualdad. No todas las familias pueden comprar un portátil o una tableta, y para algunos estudiantes el móvil es el único dispositivo conectado que tienen en casa. Una prohibición total puede agrandar esa brecha si los centros no ofrecen alternativas, y eso, pienso, se discute poco. Considero que la solución pasa por reglas claras y compartidas: el móvil guardado durante las explicaciones, disponible cuando el profesor lo pida y fuera del aula en el recreo, que es cuando más se nota la falta de conversación entre los chicos. Diría que lo importante es que la norma se entienda y se aplique igual en todas las clases. A lo mejor dentro de unos años se vea esta discusión como se ve hoy la de las calculadoras. Por ahora, opino que conviene ensayar, evaluar los resultados y corregir sin prisas.

La semana laboral de cuatro días se ha convertido en uno de los debates más relevantes del mundo del trabajo, y creo que ha llegado para quedarse. Lo que hace apenas una década me parecía una utopía hoy ocupa titulares, programas electorales y reuniones de dirección. Los expertos coinciden en que este modelo podría transformar la relación entre las empresas y sus plantillas. Recuerdo que mi padre trabajaba seis días a la semana en un taller de Albacete y que solo lo veíamos de verdad los domingos por la tarde. Cuando yo empecé a trabajar, la semana de cinco días ya era lo normal, y aun así llegaba a casa sin tiempo para nada. Diversos estudios demuestran que reducir la jornada sin recortar el salario mejora la productividad. Los empleados descansan más, se concentran mejor y faltan menos por enfermedad. Además, las empresas que han probado el modelo aseguran que les resulta más fácil atraer y retener talento en un mercado laboral cada vez más competitivo. El impacto no se limita al ámbito económico. La reducción de la jornada desempeña un papel fundamental en la conciliación entre la vida personal y la profesional. Las familias ganan tiempo para el cuidado de los hijos y de los mayores, y las personas disponen de más horas para formarse, hacer deporte o participar en la vida de su comunidad. En mi caso, ese día libre iría casi entero a la huerta que tenemos en el pueblo. Además, menos desplazamientos a la oficina significan menos emisiones y un tráfico más fluido en las grandes ciudades. Sin embargo, la transición plantea desafíos importantes. No todos los sectores pueden reorganizar sus turnos con la misma facilidad: la sanidad, la hostelería o el comercio necesitan cubrir su horario de apertura todos los días. Las pequeñas empresas, por su parte, temen que la medida eleve sus costes. Además, la experiencia acumulada procede sobre todo de programas piloto voluntarios, cuyas conclusiones quizá no puedan trasladarse a toda la economía. A pesar de estos desafíos, la experiencia de Islandia marca un hito en la historia de las relaciones laborales y sienta las bases de un cambio que muchos gobiernos observan con atención. La clave, a mi juicio, estará en adaptar el modelo a la realidad de cada sector y en medir sus efectos con rigor. En conclusión, la semana de cuatro días representa una oportunidad única para repensar el valor de nuestro tiempo. Con planificación, diálogo social y evaluación continua, este modelo puede contribuir a construir un mercado laboral más humano, más productivo y más sostenible.

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